Hay platos que no necesitan presentación porque hablan por sí solos, y la lasaña es uno de ellos. Basta con mencionarla para que se nos vengan a la cabeza capas generosas de pasta, una salsa bien condimentada, queso fundido y ese gratinado dorado que cruje levemente al cortar. Es un plato reconfortante, familiar y versátil, capaz de reunir a todos alrededor de la mesa sin esfuerzo.
Esta lasaña en particular es de esas recetas que nunca fallan. La preparo desde hace años y siempre tiene el mismo efecto: alguien la prueba y automáticamente pregunta cuándo la vuelvo a hacer. Es rendidora, completamente casera y tiene el equilibrio justo entre carne, salsa y queso, sin resultar pesada ni empalagosa. Ideal tanto para una comida de domingo como para una reunión especial donde el plato principal tiene que lucirse de verdad.
Además, es una receta agradecida: se puede preparar con antelación, mejora de un día para el otro y admite pequeñas variaciones sin perder su esencia. Pero si hay algo que la define, es su sabor profundo y su textura jugosa, con capas bien definidas que se mantienen firmes al servir.
Ingredientes
Para preparar esta lasaña clásica y sabrosa necesitás:
- 12 láminas de pasta para lasaña
- 500 g de carne picada
- 1 cebolla grande
- 1 diente de ajo
- 700 g de salsa de tomate
- 250 g de mozzarella o queso feta rallado
- 100 g de queso rallado fino
- 500 ml de salsa blanca
- 2 cucharadas de aceite
- Sal y pimienta a gusto
- Orégano seco
- Nuez moscada
- Perejil picado (opcional)
Estos ingredientes están pensados para lograr una lasaña equilibrada, donde ningún sabor opaque al otro y cada capa aporte lo suyo.